El día en el que no estaba dispuesto a morir

El día en el que no estaba dispuesto a morir
     

Siempre he sabido que llegaría un momento en el que dejaría de vivir.

El momento en el que, de pronto, ya no existiría físicamente en este espacio y viviría únicamente en los recuerdos y en las lecciones de las personas con las cuales compartí parte de mi vida.

Lo que aún no sabía, sin embargo, era que ese momento podría llegar tan pronto… tan rápido, tan inesperadamente.

Eran las cuatro y treinta de la tarde, el reflejo del sol brillaba en un mar particularmente desordenado y la corriente que corría a través de él nos había puesto en una situación en la que no esperábamos estar:

Al fondo del mar, luchando por salir con vida de él.

No había nadie cerca de nosotros, el tamaño de las olas hacía difícil que ella encontrará equilibrio en la tabla y el mar nos alejaba cada vez más.

Cada ola que pasaba la volvía a sacar de la tabla y la hundía en el agua, lo que evitaba que pudiéramos salir.

Fue en ese momento en el que pensé:

“Vamos a salir”.

Tenía que hacerlo.

Pensé en todo aquello que aún me faltaba hacer, en todo aquello que aún quería crear y en todo aquello que aún deseaba compartir.

Y decidí que íbamos a salir porque, simplemente, no estaba dispuesto a dejar que ese momento fuera el final.

“Que mejor forma de aplicar la Pre-Decisión, de la cual había escrito algunos días antes” – pensé.

Le empecé a indicar a ella lo que debía hacer para salir: “ponte así, mira allá, toma esta ola, vas a salir”.

…pero, las olas la revolcaban y debíamos volver a empezar.

Afortunadamente, su fortaleza la mantuvo firme en su ya tomada decisión de continuar intentándolo hasta salir.

Dios debió haber estado con nosotros porque después de varios intentos, finalmente, ella tomó una ola que la acercó a la orilla.

“Genial, problema uno resuelto” – pensé.

Ahora vamos a resolver el problema dos: yo, salir yo.

Me acomodé en mi tabla, vi hacia donde quería llegar y empecé a remar fuertemente cuando, de pronto, una ola cayó sobre mí y se llevó con ella la tabla.

“Bueno, eso no estaba considerado en mis planes”. – dije para mí mismo.

Así que ahí estaba nuevamente yo, en medio del mar – un poco más cansado que antes y sin tabla de la cual apoyarme.

“Bueno, lo intenté” – pensé por un momento.

Pero rápidamente remplacé ese pensamiento por el que necesitaba tener en mi mente:

– “Voy a salir”.

– “Simplemente, voy a salir”.

Entonces empecé a nadar rápidamente hasta que pude ver a algunas personas alrededor.

Aún estaban lejos, pero al menos las podía ver.

“Pediré ayuda” – pensé.

“Debo pedir ayudar, pero la responsabilidad de salir debe seguir siendo mía – no la puedo entregar al pedir ayuda, no llegaría a tiempo.

Supongo que a veces equivocadamente lo hacemos: pedir ayuda y luego solo esperar que los demás resuelvan nuestros problemas.

Creo que escribiré un artículo sobre ello…” – me perdía en mis pensamientos.

– ¡Nelson! – me dije a mí mismo en voz alta.

– “¿Qué?” – respondí mentalmente.

– Luego piensas en eso, por ahora ¡SAL! – me dije.

“Sería genial que vengan drones salvavidas, deberían haber -sería una buena idea…” – continúe pensando.

– ¡Pero no hay! Ya olvídate de eso y ¡NADA! – volví a callar mis pensamientos.

Continué nadando hasta que, estando ya cerca de la orilla, la ayuda llegó en forma de una persona que se acercó a mí y me dijo “descansa”, mientras me entregaba la tabla que minutos antes se había desprendido de mi.

– “Gracias, necesito recuperar un poco de fuerzas para salir” – le dije.

Luego de algunos segundos retomé el camino hasta que pude tocar el piso.

Seguí avanzando hasta llegar a la orilla y, finalmente, la situación había terminado.

Ya estaba fuera del mar junto a ella.

Nos abrazamos, le agradecimos a Dios por haber estado con nosotros en cada momento y observamos en silencio, durante horas, aquel lugar en el que nuestra vida había peligrado.

No podíamos irnos de ahí.

Era como si alguna parte de nosotros seguía estando ahí, luchando…tratando de salir y nosotros, desde la orilla, le enviamos fuerzas para que lo pueda hacer.

Supongo que era una forma hacer las paces con nuestro pasado y cambiar el temor por amor, paz y agradecimiento.

Pensándolo ahora, tal vez esa sea la única forma de poder dejar ir aquello que alguna vez nos hizo (o intentó hacer) daño:

Cambiar el miedo, odio o rencor por amor, paz y agradecimiento.

…sabiendo que no importa lo que suceda en nuestra vida, siempre habrá algo bueno que que aporte en ella.

Respiramos profundamente, mientras apreciamos las decenas de colores que brillaban a lo largo del mar.

Y, con una inexplicable sensación de pureza en el corazón, pensábamos en lo maravilloso que es estar con vida aquí y ahora.

Tal como tú y yo lo estamos en este preciso momento.

…apreciémoslo más seguido querido(a) amigo(a).


Nelson Portugal

Nelson Portugal es Consultor en desarrollo personal, fundador del Centro de Crecimiento Integral y autor del libro El Círculo de Crecimiento. Se ha especializado en el diseño de programas formativos dirigidos a jefes y gerentes. Ha sido profesor universitario de la carrera de psicología. Actualmente asesora a empresarios a crecer sus negocios a la vez que disfrutan más de la vida.
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